20261008

"Seis doncellas y un juglar"

El pasado 15 de febrero nos emborrachamos con música danza, poesía y teatro en el teatro Cervantes de Alcalá de Henares. Pocos escenarios se pueden prestar mejor para todo ello. Ángeles, Musas y Duendes nos lo pusieron fácil. Gracias al Ayuntamiento y especialmente a la concejalía de Cultura con Santiago Alonso a la cabeza. Gracias también a los extraordinarios técnicos y a mis compañeros, pero sobre todo al público, entregado y entusiasta, que abarrotó las 400 localidades. El espectáculo se puede ver en su totalidad en mi canal de YouTube, con una pestaña que encontraréis aquí mismo, en la parte superior.

20260914

"Romances a la Carta 30.0"


Qué gran día el de san Valentín. Iván Fernández trajo las seis doncellas de su guitarra para poner
música a todos los amores que se concitaron allí. Nos acompañó también Góngora con su "Amor Tirano", Rafael de León con sus "Ojos Verdes" y "Tatuaje", Quevedo, María la Portuguesa...
En fin, el Amor en sus vertientes más diversas. ¿Y el escenario? Nada menos que la Escalera Monumental de las Escolapias en Alcalá de Henares.

20260901

"Visitas"


Solo es un número, lo sé, pero ahí estamos: ¡200 mil visitas!

Este pequeño rincón, que no aspira más que a ser un simple registro de mis andanzas para que no naufraguen en el tintero del olvido, ha conseguido superar ese pequeño número tan redondo. Pocos dejan su tarjeta de visita, pero me cabe la satisfacción de que, en algún momento, alguien ha disfrutado con mis tonterías o lo he despertado un poco de su letargo.

Abrazos a gogó.

20260831

"Romances a la Carta 29.0"


Fue la número 29 de nuestro "Romances a la Carta". en esta ocasión tuve la suerte también de poder contar con una voz espectacular: María Alonso. Gracias María. Ópera y poesía maridan de una forma espectacular. Un reducido público, pero entregado y entusiasta.

20260820

"Romances a la Carta 28.0"

Porque POESÍA rima y casa bien con ópera, flamenco, copla, cuentos... el día 23 de enero (otra historia reposando en el fondo de mi tintero) presentamos en Casa de Vacas de Madrid otra entrega más, la número 28 de nuestro "Romances a la Carta", una mezcla preciosa de todas esas disciplinas, sin olvidarnos del teatro puro y duro con fragmentos de "El Alcalde de Zalamea" o de "Bodas de Sangre". Además del Micro Abierto, donde pudieron intervenir muchos artistas del público, contamos con la intervención estelar de Ágatha Navarro, Rafaela Nieves, María Alonso o Maribel Domínguez. Siempre me han gustado los lujos.

20260812

"Cuentos en Galapagar"

Otro recuerdo que se me había quedado en el tintero. En noviembre de 2025 quedé seleccionado para participar en el certamen de Microteatro de Galapagar con dos cuentos míos dramatizados y que habían obtenido también sendos premios literarios:

"Frida, encuentros en el cuartel 14" (primer premio en La Carolina y
"Pentecostés" (Primer premio Lamucca y que la propia Organización llevó al cine).

Una apuesta arriesgada frente a la prioridad que impone la comedia ligera y que, además, hubo algunas piezas con una calidad extraordinaria. Bueno, nos divertimos.

20260810

"Romances a la Carta 27.0"

El "punto cubano" y otros cantes sonaron en los escenarios de Casa de Vacas hace varios meses (el 19 de noviembre de 2025).
Este pequeño rincón, tantas veces olvidado y que solo quiere ser el almacén de mi memoria y el registro de mis andanzas, se ofrece ahora para compartir con todo aquel que pase por aquí (aunque rara vez deje su tarjeta de visita), el recuerdo de un pequeño homenaje a esos dos grandes amigos que fueron Federico García Lorca y Rafael de León. Ficticias cartas que no saben nada de la voracidad del  tiempo ni del peaje que supone la muerte. Cartas como:

                "... ¡Verde, que te quiero verde! No, Federico, tú no tienes la patente del verde, que ya te lo dije en cierta ocasión en Barcelona, en el Café Oriente, ¿recuerdas? Pregúntale a Quiroga, pregúntale a Juanito Valderrama, pregúntale a doña Concha...."

                "... ¡Ojos Verdes...!, posiblemente, la canción más versionada de toda la discografía española, sin contar, claro, la de Cumpleaños feliz o la de Beben y beben los peces en el río... pues te confieso un secreto, Federico: Estos versos, escritos al alimón con Salvador Valverde, no se inspiraron en Fuensanta Clavero ni en sus ojos de esmeralda, aunque así lo creyera don Manuel Quiroga, su marido. Al menos mi parte se inspiró en los ojos de un marinero…"

 27 ediciones ya de Romances a la Carta, pero siempre con sabores distintos y originales. Consolación Chamorro puso Guajiras, Farrucas, Soleás, Bulerías y todo su duende para inundar el teatro de alegría. Gracias, ConSonflamenco, gracias.
Gracias también  a Ferroteatro por su asistencia técnica, y a la gerencia del Teatro por ceder estos maravillosos espacios.

20260614

"Bulevard Bilbao, declamación"


  
Los días 19 y 26 de mayo participé en el 37º certamen de declamación que organiza la Asociación Cultural Bulevard de Bilbao. Difícil lance, viven los cielos. Gente maravillosa y rapsodas extraordinarios. Dos breves poemas: "Ni él ni tú" de Blas de Otero y "Alma Ausente" de García Lorca me sirvieron para conseguir un tercer puesto. Feliz, a pesar de todo.


20260611

"Chacina"



Pretendo redimirme después de mucho tiempo con este pequeño rincón en el olvido. Intentaré subir poco a poco mis actividades en este más de medio año despistado en otras lides y lo haré con este pequeño cuento que me ha dado el honor de conseguir el primer premio por tierras murcianas. Gracias al Ayuntamiento de Lorca y a esa magnífica Asociación de Amas de Casa y Consumidores, que tanta alegría y cariño derrochan.

CHACINA

La muerte colgaba de una viga del techo en el granero. Simona se quedó petrificada. Todo el aire de alrededor penetró de golpe en sus ojos y su boca. Dibujó en su pecho una enorme cruz con la punta de los dedos y agachó la cabeza, vencida, estupefacta.

«¡Ay, mi Pedro!, verlo allí, junto a la chacina, a “teja vana”, con los ojos tan redondos y abiertos, daba un yo qué sé. Siempre ha sido muy lanzado, pero meterse voluntariamente a bocajarro en la eternidad, de repente, es para echarlo de comer aparte. ¡Qué valor! Nunca se achantaba con nada. Le daba igual enfrentarse a los lobos con su garrota, que perderse en lo más intrincado del bosque con noche cerrada a recuperar los corderos atrapados en los tojos. ¡Ay, Jesús! Si ha sido por propia voluntad, no podré perdonárselo nunca. Es para matarlo. ¡Quedarse así, como un lechuzo mirando al norte, marcando el ritmo de la eternidad con el péndulo de su propio cuerpo! ¡Hacerme esto a mí, después de tantos años y tantas calamidades compartidas!»

Simona se volvió, dándole la espalda, y todo el aire que había mantenido en sus pulmones, libre al fin, salió precipitadamente de su boca buscando el portalón del granero hacia el campo abierto. Se giró entonces para mirarlo de nuevo y volvió a dibujar una cruz resignada sobre su pecho.

«Tuvo al menos el detalle de esperar a terminar la matanza. Las manos de un hombre siempre vienen bien por estas fechas. Quince arrobas de cerdo no se manejan con facilidad, que se resisten como condenados y él los manejaba como nadie. Cuando parece que ya no les queda vida en el cuerpo, siguen con sus espasmos y convulsiones los muy gorrinos, con su rebeldía recalcitrante de no querer morirse ni a tiros. Y cuando les arrimas las escobas ardiendo para el socarrado, sienten las llamas definitivas del infierno y no es fácil sujetarlos en la mesa, pero mi Pedro se bastaba solo. Yo prefiero no arrimarme, dejarlo hacer junto a los otros hombres, verlo desde la distancia. Mi sitio estaba con el resto de las mujeres, junto a los barreños y los grifos para seguir luego con el lavado y embutido, con la Tomasa y la Consuelo manejando a su ritmo también los cuchillos de sus lenguas.

»Digo que, al menos, tuvo la deferencia de esperar a terminar la matanza, pero daba cosa verlo allí, junto a los chofes y bútagos, con la muerte buscando acomodo en sus entrañas. Debió saberle a poco al muy cetrino y decidió seguir la matanza por su cuenta. ¡Jesús, cómo están las cabezas! La muerte tiene cierto magnetismo irresistible y es lo más contagioso que existe, lo reconozco, pero nunca pude imaginar que mi Pedro llegara tan lejos, que quisiera rebozarse en ella.

»Nunca tuvo término medio, no sabía contenerse cuando tomaba carrerilla. No lo hizo nunca. Ni en la mesa, ni en la cama, ni chateando, ni jugando a las cartas. En el pueblo ya lo conocían y era corriente que perdiera al tute subastado y al mus porque le tenían cogida la medida. “Tienes que cerrar la boca cuando sopla el aire, cebollino», le reprochó cierto día el Eusebio por no saber aguantar un envite a los pares. Mi Pedro se levantó como un resorte, lo encaró muy despacio, muy de cerca, y esgrimiendo su inseparable garrota lo miró fijamente a los ojos. Eusebio, farruco también como pocos, sacó la chaira que siempre llevaba en el fajín, la que utilizaba para cortar el chorizo y limpiarse la mugre de las uñas, lo esperó muy plantado, levantó su barbilla y aquello fue el detonante para que la guerra comenzara. Un golpe seco, un mandoble, un síncope en todos los relojes y no hubo tiempo para más. Los dos acabaron en el consultorio. Una cicatriz de veinte centímetros junto al corazón y una cojera vitalicia dieron mucho que hablar durante varios años. Y aún se sigue hablando de aquello, que las cosas se graban a fuego en un pueblo tan pequeño como este. Y no fueron las cartas. Lo cierto es que aquella rivalidad venía de lejos por una vieja disputa de lindes y de pastos. Todo el pueblo lo sabía y a nadie pilló por sorpresa. ¡Menudo zascandil! ¿Qué mal fario se le cruzaría?».

Simona silenció por fin sus pensamientos. Se plantó delante de él, a sus pies, mirándolo fijamente.

«¡Pero qué mirarán tan fijos los ojos de los muertos!».

Se acercó después hacia la puerta y abrió las dos hojas de par en par. Debía renovar el aire, aprovechar el tiempo frío y seco de mediados de noviembre, dejar que saliese el humo que todavía quedaba en la estancia para que la chacina no cogiese demasiado sabor. El viento le acarició la cara. Sus ojos se llenaron de nubes y de un fulgor pálido. Temblaron las hojas de los álamos, los mirlos cantaron a lo lejos y no tardarían en hacerlo los colorines y jilgueros. Se le ofreció un paisaje dinámico, colorido, lleno de vida y de futuro. Muy distinto al bodegón de naturaleza muerta que tenía dibujado a sus espaldas. Las ranas cantaron también a lo lejos; y los grillos; y el dolondón de los cencerros; y el rumiar indolente y cansino de las vacas; y el cacareo de las gallinas; y algunos perros desde los chozos lejanos. Una orquesta que tendría que abandonar definitivamente para irse a la ciudad. Dicen que el tiempo lo cura todo y Simona sintió cómo circulaba por la estancia macerando lentamente la chacina. A Pedro le importaba un bledo que abriese la ventana o que no, porque las cosas tienen otra perspectiva cuando las miras desde una viga del techo. Simona lo sabía y por eso abrió de par en par el granero. A partir de aquel momento debería ser ella quien se ocupara de todo, decidirlo todo.

«¡Jesús, qué matanza! Barriguillas, barbadas, caretas, patateras, chorizos, longanizas… Todo se aprovecha de los marranos», se dijo sin dejar de mirar de reojo a sus espaldas. Sin embargo, poco provecho podría sacarse ya de aquel intruso en su propia casa, porque eso era ya su Pedro para ella: un intruso. Un intruso de ojos grandes y redondos colgado como un pánfilo del techo. Hubo un tiempo en que también él tenía unos andares suficientes para encandilar a las mozas del pueblo. Mozas y no tan mozas, como Consuelo. Su presencia, sus arrestos, su porte de gallo en gallinero, sus piernas un poco zambas presumiendo de virilidad con cada zancada…

Simona se volvió para mirarlo de frente. Visto a contrapicado parecía mucho más grande de lo que era en realidad. Debería bajarlo de allí, pero cortar la cuerda quizás no fuera la mejor idea, no se le fueran a  quebrar los huesos con el golpe. Tampoco podía dejarlo allí como a un enajenado, con su camisa raída, pantalones abrochados con una guita y las botas rebozadas en boñiga. Tendría que cambiarlo, adecentarlo, muy despacio, sin prisa. ¿Qué prisa se puede tener cuando tienes a la muerte mirándote? Lo más cómodo sería hacerlo antes de bajarlo. Eso pensó y empezó a desnudarlo con toda la parsimonia del mundo, con el respeto propio que se debe tener con un cuerpo que se está llenando de eternidad y de gusanos. La cicatriz del Eusebio brillaba junto al corazón con la palidez del acero.

«Zascandil, hacerme esto a mí, sin avisar…».

Cuando hubo terminado hizo un rebujo con la ropa y se fue hacia el dormitorio. Debería escoger la mejor camisa, los mejores pantalones, los zapatos nuevos. No se puede escatimar en una situación así. Debería también rasurarlo, peinarlo, adecentarlo, que viera todo el mundo lo buen mozo que podía ser con un poco de cuidado. Regresó a la establo con su jofaina, cuchilla, jabón y toalla. Allí estaba, mirando al norte, mirando al zarzo, con sus ojos indolentes clavados en una realidad hiperrealista que nada tenía que aportar a su porvenir. Una mosca se le posó en la frente.

«Las mosquiteras están para cambiarlas».

La mosca frotó sus patas delanteras como el que se dispone a comer un suculento manjar, se detuvo, volvió a frotarlas, movió sus ocelos y desapareció de repente. Son tenaces, socarronas, contumaces, cada vez más presentes en cualquier época del año. No tardaría en volver con refuerzos. Simona miró la desnudez de su Pedro y se le escaparon tres suspiros. «¡Qué desperdicio, por Dios!» Arrimó luego un taburete y subió hasta lo alto. Cuando lo hubo rasurado comenzó a limpiar su cuerpo con una esponja frotando intensamente todos sus rincones, sintiendo con lascivia la rigidez de la muerte. Frotaba y suspiraba con la misma cadencia, cuando le dio en pensar que quizás aquel trabajo lo hiciera mejor con el cuerpo descolgado. Sería más difícil vestirlo luego, pero ya se apañaría. Cogió un inmenso cuchillo de matarife y se dispuso a cortar de un solo tajo la cuerda. En estas maquinaciones andaba, subida en el taburete, cuchillo en ristre, cuando sintió pasos en el exterior.

─¡Simona!, ¡Simona! ¿Anda usted por ahí? Al final no me llevé ninguna patatera, ¿podría darme…?

Consuelo, con la suficiente confianza como para deambular por toda la casa, se detuvo de repente, boquiabierta. Miró a Pedro, a la chacina, a Simona encaramada en el taburete con el cuchillo entre las manos, y otra vez una cruz  volvió dibujarse sobre el pecho, esta vez de Consuelo. Abundan mucho las cruces todavía por los pueblos y pueden ser, además, imprescindibles e inevitables  en una situación como aquella: Un cuerpo desnudo colgado de una viga junto a la matanza, unos ojos muy abiertos, una esposa junto a él, encaramada en una banqueta, cuchillo en mano.

─¡¡¡Simona!!!, ¿¡Qué hace usted con el Pedro!?

─¡Ay, querida, menuda desgracia! Ande, ayúdeme.

─¿¡Que le ayude!? ¿¡Cómo que le ayude…!? ¡¿Que le ayude a qué?!

─No querrá que lo dejemos así. ¡Ande, ayúdeme! O si no, mejor váyase a dar aviso a la autoridad, que yo me encargo ─dijo algo reticente por la extraña reacción de su amiga.

Consuelo desapareció como si tuviera un muelle dentro de los zapatos, con la misma rapidez que había desaparecido la mosca de la frente del finado. Algunos perros ladraron a lo lejos con más insistencia. No hay distancias para ellos. Parecían percibir que algo extraño estaba ocurriendo. «Tendré que darme prisa», se dijo dando por terminada la limpieza. Comenzó entonces a vestirlo, mirándolo y suspirando con una intensidad creciente. Hacía mucho tiempo que los suspiros se le habían vuelto compulsivos, desde aquella famosa novela radiofónica de Ama Rosa de la Cadena SER. Otro suspiro y comenzó a descolgarlo. «¡Jesús, que desgracia!»

Era demasiado pesado para ella y quizás no fuera tan mala idea cortar la cuerda sin más, aunque se rompiera todos los huesos. Arrastró una de las mesas de matanza arrinconada y la dejó en la vertical del cuerpo para que la caída no fuera tan estrepitosa. Cortó la cuerda de un solo tajo y el cuerpo cayó como un peso muerto. Había perdido ya su “rigor mortis” y quedó despatarrado. Se miró las manos, miró al cuchillo, miró a su Pedro y meditó un momento. Fue la primera vez que tuvo conciencia real de la situación y no le gustaba la estampa. El cuerpo de su Pedro sobre una mesa de matanza, una mesa que rezumaba el dolor de tantos cuerpos acumulado en cada una de sus vetas, y ella delante de aquel cuerpo lleno de muerte, con un enorme cuchillo entre las manos. «¡Jesús, que desgracia!»

La misma mosca cojonera volvió a la frente del cadáver y se frotó las patas delanteras con aire chulesco, como inquiriendo respuestas. Llegaron otras. Dos, tres, cinco… Revolotearon a su alrededor, provocadoras, curiosas, atrevidas y, finalmente, desaparecieron también de repente. Un espasmo pareció sacudir el cuerpo del posado y Simona tuvo que emplearse a fondo para evitar que se cayera de la mesa.

«¡Es curioso cómo se rebelan los cuerpos cuando sienten la presencia de la muerte, cuando empieza la Pelona a jugar con sus vísceras!»

«Me pareció que la Consuelo quería llevarse algunas patateras. ES lo primero a consumir».

«¿Habrá dado ya el aviso?»

Se asomó al portalón para ver cómo pasaba el viento por encima. Algunos perros comenzaron a ladrar con más empeño desde la distancia. Ya no cantaban los mirlos ni los colorines. Tampoco se escuchaban los cencerros ni el rumiar cansino de las vacas. Solo los perros advirtieron la realidad en toda su crudeza. Solo ellos se habían dado cuenta desde lejos, de que faltaba la guadaña junto a las horcas, las hoces, los rastrillos y las azuelas.

20260304

"Romances a la Carta 26.0"

      

Esto fue el pasado día 18 de noviembre. Hace tiempo, sí, pero la vida corre demasiado para mí. Estuvo inmensa, magistral, Consolación Chamorro en la BPM Francisco Umbral de Majadahonda. Un privilegio contar con su compañía. Gracias, Conso, que te broa el arte por cada poro de tu piel.

Tuvimos un espacio también para compartir y escuchar poemas del público. Hay muchas emociones que merecen, necesitan y deben zarandear otros cuerpos.

20251206

"Romances a la carta 25.0"

Churrigueresco y precioso, sí señor. En un espacio único: La escalera monumental de la Escolapias en Alcalá de Henares, el pasado día 8 de noviembre.

20251107

"Abrazos para José"

Cuántos momentos se lleva inevitablemente el olvido, querido José. El pasado día 2 estuvimos allí, contigo, para compartir abrazos y versos, pues no existe mejor herramienta para cauterizar el dolor. Quise entonces hacer propio y dedicarte aquel canto enorme de Miguel Hernández a Ramón Sijé, y quiero ahora hacerte también un hueco en este pequeño rincón de mi memoria. Hasta siempre, José.

20251026

"Poesía escénica en Majadahonda"

El próximo miércoles día 29 de octubre, aprenderemos juntos ejercitando la voz y el cuerpo. Os espero en la Biblioteca de Majadahonda a las 19 horas (entrada libre).
... / ... 
Estuvo bien.
Y estas son algunas instantáneas:

20251011

"XIII Semana del corazón"

Una tarde de copla con Iván Fernández y Consolación Chamorro. Gracias, amigos, y gracias a María Blázquez y todas las entidades que han hecho posible esta nueva propuesta cultural en Alcalá de Henares.

20250924

"Romances a la carta 25.0"

¡Pero qué bonito nos quedó!, el pasado 19 de septiembre en la sala del Centro Social Covibar. Adrenalina y entusiasmo a borbotones.
Mezclamos danza, teatro, música y poesía con una nueva versión de "Romances a la Carta". Veinticinco ya.

20250916

"Escenas de verano 2025"


Homero hubiera disfrutado como nosotros el pasado día 6 en la santísima calle, en la plaza de los Santos Niños de Alcalá de Henares, al más puro estilo juglaresco.
 La poesía es el mejor antídoto contra el odio, la guerra y la locura y algunos frenopáticos se empañan una y otra vez en ofrecerla, sin importarles los pequeños problemas de megafonía o la gran indiferencia de muchos, que "pasan y traspasan indiferentes a su canción de amor desesperada".
Gracias a la Comunidad de Madrid por esta iniciativa, al Ayuntamiento de Alcalá y, ¡cómo no!, a Maribel Domínguez e Iván Fernández por su arte, por su entusiasmo y por acompañarme por los difíciles abertales de la modorra.

20250911

"Premios Coronio 2025"


Sí, que me gusta la calle, que me gusta esa gente entrañable de León. Una familia que sabe concentrar y repartir emociones, simpatía y calidad literaria. Qué ceremonia más original y sabrosa se organizó en las ribera del río Curueño para entregar los premios CORONIO el pasado 15 de agosto. Gracias, Marina, gracias MARIPOSA EDICIONES, por concederme el honor de participar en esa fiesta y poder repartir versos, abrazos y flores.

20250829

"Mejillas de agua"

Algunos reconocimientos se van quedando en el tintero, pero recientemente, con el espectáculo que ofrecimos en Almansa el día 10 de junio, me recordaron este del X certamen literario donde solo fui finalista con "Mejillas de agua".  Por eso mismo no voy a compartirlo de momento, porque necesita alguna mejora para subir un peldaño.

Francisco y Ana (magníficos fotógrafos y reporteros en Almansa), me recordaron igualmente aquel otro reconocimiento en la VIII edición con un primer puesto en relato y finalista en poesía con "Juguetes". 
El relato (La cerradura indiscreta"), tiene su historia: descalificado en otro certamen por haber puesto remite en el sobre de correos, consiguió este reconocimiento y ser publicado después por CULTURA INQUIETA. Una pequeña novela de 500 palabras en 6 capítulos bajo el título: "De lo realmente ocurrido en los apartamentos de la calle Percebe".

Poco a poco voy ordenando la trastienda.

Capítulo I: El móvil

La cerradura del apartamento treinta y cinco de la calle Percebe, tenía incorporado un ojo en su mismo centro. Literal. Un ojo completo, negro, con su esclerótica, córnea, pupila y todo lo demás. Había venido de serie, con la puerta, dijeron en la inmobiliaria, pero se supo después, que aquello no era más que un argumento torticero para justificar defectos. Era un ojo recalcitrante, que registraba todo lo que ocurría en la comunidad como un incansable e insomne taquígrafo alcahuete.

Capítulo II: La víctima

Casimira, la  Tuerta. Enclaustrada allí por voluntad propia ciento veintiocho años atrás, cuando encontraron muerto a su marido en el rellano. Además de viuda, se convirtió en huraña y desconfiada, convencida de que su asesino era un común comunero. Rara vez le vieron salir de su apartamento. Los vecinos decían que tenía la facultad de dejar su único ojo en la cerradura cuando tenía necesidad de salir al colmado.

Capítulo III: El culpable

Rafael, llamado Engaña-baldosas, por una graciosa cojera que arrastraba desde pequeño, pequeño e inocente todavía. Crápula, un metro cuarenta, bebedor y vividor, irascible, soltero y jugador. Aquella noche, con la suerte esquiva con las cartas, se convirtió en presunto.

Capítulo IV: Los hechos

Eran más de las cuatro de la madrugada cuando Rafael se acercó a la puerta de la Tuerta. Miró la cerradura y un rictus de desprecio se dibujó en su labio superior. Buscó sus llaves y… con un gesto brusco, limpio y certero, introdujo en la cerradura la llave más larga, la más fría, la más dura y punzante. Los gritos se mezclaron con un chorro de sangre que resbaló por la puerta, inundó el rellano, arañó todas y cada una de las puertas de la comunidad implorando ayuda y se precipitó a la calle. Cuando el eco se cansó de rebotar como loco en las paredes del edificio, volvió el silencio. Sangre y gritos remontaron sin embargo la calle Percebe, doblaron la esquina de Tribulete y dos manzanas después llegaron hasta la comisaría.

Capítulo V: La investigación

Los agentes se percataron enseguida de que aquel derroche sanguíneo no podía obedecer a causas naturales. Siguieron el rastro dibujado en el suelo y llegaron hasta los apartamentos. Con una perspicacia que no puede aprenderse en ninguna academia, se dieron cuenta de que allí estaba el origen del conflicto. Las pruebas eran evidentes. Encontraron a Rafael sujetando la pared con su espalda, con una culpa en su frente, que ni los burkas ni la piedra pómez hubieran podido disimular. Limpiaba compulsivamente la llave en su pernera y señalaba tímidamente un ojo saltarín que buscaba refugio debajo del felpudo. Su cara estaba blanca y farfullaba palabras entrecortadas con un hilo de voz inaudible.

Capítulo VI: La sentencia

Rafael recuperó su inocencia. Un jurado popular consideró que había sido en defensa propia y que toda la culpa estaba en aquella maldita cerradura indiscreta.