Cipreses

  
    

Aquel verano del 92 pudo haber sido el mejor verano de nuestra vida, al menos de la mía. Los aros, las tangas, la muerte corrida, Martina con sus ojos verdes como las hojas de hiedra, siempre de “madre” cuando jugábamos al chorro-morro y yo con mi cabeza entre sus piernas, escondiéndonos en los carros del forraje, el cine de verano en la plaza… Sí, aquel verano pudo haber sido el mejor de toda mi vida, sin embargo…

Dicen que las aguas del pantano, el que conocen como Mar de Aragón, en Mequinenza, tienen un fulgor plateado por el acero de todas las espadas sumergidas y olvidadas para siempre. Dicen que, otras veces, se vuelven oscuras porque algún fantasma se sacude los restos de carbón. Dicen también que, justo antes de saltar la presa, se vuelven rojizas con el grito dolorido de miles de gargantas expropiadas. Dicen muchas cosas, pero lo que podéis comprobar vosotros mismos en cualquier época del año, es una tonalidad mortecina, extraña, permanente y triste, como son todos los recuerdos , como se vuelven especialmente con la caída de la tarde. Pero yo sé la verdadera razón y no puedo ni quiero guardármela más. Éramos críos, pero no creo que pueda ser suficiente disculpa. Ángel, Tobías y yo nos hemos encontrado muchas veces merodeando por el pantano, intentando arrancarnos el ciprés que nos había crecido en la conciencia aquel verano del 92.

«¡Dejad el bote, no se os ocurra bañaros!», me dijeron mis padres, pero la tentación era demasiado grande y nuestra curiosidad también. Justino tenía una nariz superlativa, gongorina, un snorkel infinito que le colgaba de la frente y necesitábamos ponerlo a prueba. Sin embargo, resultó ser absolutamente de adorno, no le sirvió para nada. Jamás pudimos imaginarnos que no supiera nadar cuando lo tiramos al agua. Y ahora, mucho tiempo después, aprovechando estos años de pertinaz sequía, acudimos de vez en cuando esperando verlo emerger junto al campanario de la iglesia con su soberbio espolón de siete codos.

"Romances por san Juan"


(Un pequeño fragmento) 

Noche del 23 de junio, noche mágica, cuando las supersticiones demuestran que no lo son. Cuando se te pierden siempre las llaves del coche, la cartera, la mujer o la cordura con alguna mujer perdida. Cuando las meigas te dicen, te gritan que jamás existieron.

El Ayuntamiento de Alcalá y la Junta del Distrito V propiciaron la celebración de la noche más corta del año, cuando lo telúrico cobra un protagonismo renacido, aunque la Iglesia se empeñe en hacerla propia y santificarla, porque, San Juan, es esencialmente una festividad pagana. El grupo Romanceros de Carne y Plata, sobre un magnífico escenario montado en el parque de las Islas Filipinas, demostró que la Rapsodia tiene un espacio propio dentro del teatro de Variedades. Rescató, a la usanza de los antiguos juglares, un puñado de romances y pasiones del Romancero viejo y del nuevo, poniendo énfasis en el aspecto pagano de la fiesta y rindió un homenaje al “sacramento carnal”, para deleite de un numerosísimo público.

Iván Fernández, Rafaela Nieves y Luis San José robamos durante 40 minutos las almas de Lorca, de Serrat y de Alberto Cortez y las pusimos sobre las tablas con un manojo de historias huyendo de doctores, academias y dogmas. Un manojo de historias que apelan a la sensibilidad más que al intelecto, al sentimiento  frente a los pensamientos. Pequeñas obras teatrales que presentan un argumento, lo desarrollan y concluyen. 


"Romances de pasión"

          

Un pequeño fragmento del recital en Arkana el 20.06.2021
Acompañado por Rafaela Nieves e Iván Fernández