20260611

"Chacina"



Pretendo redimirme después de mucho tiempo con este pequeño rincón en el olvido. Intentaré subir poco a poco mis actividades en este más de medio año despistado en otras lides y lo haré con este pequeño cuento que me ha dado el honor de conseguir el primer premio por tierras murcianas. Gracias al Ayuntamiento de Lorca y a esa magnífica Asociación de Amas de Casa y Consumidores, que tanta alegría y cariño derrochan.

CHACINA

La muerte colgaba de una viga del techo en el granero. Simona se quedó petrificada. Todo el aire de alrededor penetró de golpe en sus ojos y su boca. Dibujó en su pecho una enorme cruz con la punta de los dedos y agachó la cabeza, vencida, estupefacta.

«¡Ay, mi Pedro!, verlo allí, junto a la chacina, a “teja vana”, con los ojos tan redondos y abiertos, daba un yo qué sé. Siempre ha sido muy lanzado, pero meterse voluntariamente a bocajarro en la eternidad, de repente, es para echarlo de comer aparte. ¡Qué valor! Nunca se achantaba con nada. Le daba igual enfrentarse a los lobos con su garrota, que perderse en lo más intrincado del bosque con noche cerrada a recuperar los corderos atrapados en los tojos. ¡Ay, Jesús! Si ha sido por propia voluntad, no podré perdonárselo nunca. Es para matarlo. ¡Quedarse así, como un lechuzo mirando al norte, marcando el ritmo de la eternidad con el péndulo de su propio cuerpo! ¡Hacerme esto a mí, después de tantos años y tantas calamidades compartidas!»

Simona se volvió, dándole la espalda, y todo el aire que había mantenido en sus pulmones, libre al fin, salió precipitadamente de su boca buscando el portalón del granero hacia el campo abierto. Se giró entonces para mirarlo de nuevo y volvió a dibujar una cruz resignada sobre su pecho.

«Tuvo al menos el detalle de esperar a terminar la matanza. Las manos de un hombre siempre vienen bien por estas fechas. Quince arrobas de cerdo no se manejan con facilidad, que se resisten como condenados y él los manejaba como nadie. Cuando parece que ya no les queda vida en el cuerpo, siguen con sus espasmos y convulsiones los muy gorrinos, con su rebeldía recalcitrante de no querer morirse ni a tiros. Y cuando les arrimas las escobas ardiendo para el socarrado, sienten las llamas definitivas del infierno y no es fácil sujetarlos en la mesa, pero mi Pedro se bastaba solo. Yo prefiero no arrimarme, dejarlo hacer junto a los otros hombres, verlo desde la distancia. Mi sitio estaba con el resto de las mujeres, junto a los barreños y los grifos para seguir luego con el lavado y embutido, con la Tomasa y la Consuelo manejando a su ritmo también los cuchillos de sus lenguas.

»Digo que, al menos, tuvo la deferencia de esperar a terminar la matanza, pero daba cosa verlo allí, junto a los chofes y bútagos, con la muerte buscando acomodo en sus entrañas. Debió saberle a poco al muy cetrino y decidió seguir la matanza por su cuenta. ¡Jesús, cómo están las cabezas! La muerte tiene cierto magnetismo irresistible y es lo más contagioso que existe, lo reconozco, pero nunca pude imaginar que mi Pedro llegara tan lejos, que quisiera rebozarse en ella.

»Nunca tuvo término medio, no sabía contenerse cuando tomaba carrerilla. No lo hizo nunca. Ni en la mesa, ni en la cama, ni chateando, ni jugando a las cartas. En el pueblo ya lo conocían y era corriente que perdiera al tute subastado y al mus porque le tenían cogida la medida. “Tienes que cerrar la boca cuando sopla el aire, cebollino», le reprochó cierto día el Eusebio por no saber aguantar un envite a los pares. Mi Pedro se levantó como un resorte, lo encaró muy despacio, muy de cerca, y esgrimiendo su inseparable garrota lo miró fijamente a los ojos. Eusebio, farruco también como pocos, sacó la chaira que siempre llevaba en el fajín, la que utilizaba para cortar el chorizo y limpiarse la mugre de las uñas, lo esperó muy plantado, levantó su barbilla y aquello fue el detonante para que la guerra comenzara. Un golpe seco, un mandoble, un síncope en todos los relojes y no hubo tiempo para más. Los dos acabaron en el consultorio. Una cicatriz de veinte centímetros junto al corazón y una cojera vitalicia dieron mucho que hablar durante varios años. Y aún se sigue hablando de aquello, que las cosas se graban a fuego en un pueblo tan pequeño como este. Y no fueron las cartas. Lo cierto es que aquella rivalidad venía de lejos por una vieja disputa de lindes y de pastos. Todo el pueblo lo sabía y a nadie pilló por sorpresa. ¡Menudo zascandil! ¿Qué mal fario se le cruzaría?».

Simona silenció por fin sus pensamientos. Se plantó delante de él, a sus pies, mirándolo fijamente.

«¡Pero qué mirarán tan fijos los ojos de los muertos!».

Se acercó después hacia la puerta y abrió las dos hojas de par en par. Debía renovar el aire, aprovechar el tiempo frío y seco de mediados de noviembre, dejar que saliese el humo que todavía quedaba en la estancia para que la chacina no cogiese demasiado sabor. El viento le acarició la cara. Sus ojos se llenaron de nubes y de un fulgor pálido. Temblaron las hojas de los álamos, los mirlos cantaron a lo lejos y no tardarían en hacerlo los colorines y jilgueros. Se le ofreció un paisaje dinámico, colorido, lleno de vida y de futuro. Muy distinto al bodegón de naturaleza muerta que tenía dibujado a sus espaldas. Las ranas cantaron también a lo lejos; y los grillos; y el dolondón de los cencerros; y el rumiar indolente y cansino de las vacas; y el cacareo de las gallinas; y algunos perros desde los chozos lejanos. Una orquesta que tendría que abandonar definitivamente para irse a la ciudad. Dicen que el tiempo lo cura todo y Simona sintió cómo circulaba por la estancia macerando lentamente la chacina. A Pedro le importaba un bledo que abriese la ventana o que no, porque las cosas tienen otra perspectiva cuando las miras desde una viga del techo. Simona lo sabía y por eso abrió de par en par el granero. A partir de aquel momento debería ser ella quien se ocupara de todo, decidirlo todo.

«¡Jesús, qué matanza! Barriguillas, barbadas, caretas, patateras, chorizos, longanizas… Todo se aprovecha de los marranos», se dijo sin dejar de mirar de reojo a sus espaldas. Sin embargo, poco provecho podría sacarse ya de aquel intruso en su propia casa, porque eso era ya su Pedro para ella: un intruso. Un intruso de ojos grandes y redondos colgado como un pánfilo del techo. Hubo un tiempo en que también él tenía unos andares suficientes para encandilar a las mozas del pueblo. Mozas y no tan mozas, como Consuelo. Su presencia, sus arrestos, su porte de gallo en gallinero, sus piernas un poco zambas presumiendo de virilidad con cada zancada…

Simona se volvió para mirarlo de frente. Visto a contrapicado parecía mucho más grande de lo que era en realidad. Debería bajarlo de allí, pero cortar la cuerda quizás no fuera la mejor idea, no se le fueran a  quebrar los huesos con el golpe. Tampoco podía dejarlo allí como a un enajenado, con su camisa raída, pantalones abrochados con una guita y las botas rebozadas en boñiga. Tendría que cambiarlo, adecentarlo, muy despacio, sin prisa. ¿Qué prisa se puede tener cuando tienes a la muerte mirándote? Lo más cómodo sería hacerlo antes de bajarlo. Eso pensó y empezó a desnudarlo con toda la parsimonia del mundo, con el respeto propio que se debe tener con un cuerpo que se está llenando de eternidad y de gusanos. La cicatriz del Eusebio brillaba junto al corazón con la palidez del acero.

«Zascandil, hacerme esto a mí, sin avisar…».

Cuando hubo terminado hizo un rebujo con la ropa y se fue hacia el dormitorio. Debería escoger la mejor camisa, los mejores pantalones, los zapatos nuevos. No se puede escatimar en una situación así. Debería también rasurarlo, peinarlo, adecentarlo, que viera todo el mundo lo buen mozo que podía ser con un poco de cuidado. Regresó a la establo con su jofaina, cuchilla, jabón y toalla. Allí estaba, mirando al norte, mirando al zarzo, con sus ojos indolentes clavados en una realidad hiperrealista que nada tenía que aportar a su porvenir. Una mosca se le posó en la frente.

«Las mosquiteras están para cambiarlas».

La mosca frotó sus patas delanteras como el que se dispone a comer un suculento manjar, se detuvo, volvió a frotarlas, movió sus ocelos y desapareció de repente. Son tenaces, socarronas, contumaces, cada vez más presentes en cualquier época del año. No tardaría en volver con refuerzos. Simona miró la desnudez de su Pedro y se le escaparon tres suspiros. «¡Qué desperdicio, por Dios!» Arrimó luego un taburete y subió hasta lo alto. Cuando lo hubo rasurado comenzó a limpiar su cuerpo con una esponja frotando intensamente todos sus rincones, sintiendo con lascivia la rigidez de la muerte. Frotaba y suspiraba con la misma cadencia, cuando le dio en pensar que quizás aquel trabajo lo hiciera mejor con el cuerpo descolgado. Sería más difícil vestirlo luego, pero ya se apañaría. Cogió un inmenso cuchillo de matarife y se dispuso a cortar de un solo tajo la cuerda. En estas maquinaciones andaba, subida en el taburete, cuchillo en ristre, cuando sintió pasos en el exterior.

─¡Simona!, ¡Simona! ¿Anda usted por ahí? Al final no me llevé ninguna patatera, ¿podría darme…?

Consuelo, con la suficiente confianza como para deambular por toda la casa, se detuvo de repente, boquiabierta. Miró a Pedro, a la chacina, a Simona encaramada en el taburete con el cuchillo entre las manos, y otra vez una cruz  volvió dibujarse sobre el pecho, esta vez de Consuelo. Abundan mucho las cruces todavía por los pueblos y pueden ser, además, imprescindibles e inevitables  en una situación como aquella: Un cuerpo desnudo colgado de una viga junto a la matanza, unos ojos muy abiertos, una esposa junto a él, encaramada en una banqueta, cuchillo en mano.

─¡¡¡Simona!!!, ¿¡Qué hace usted con el Pedro!?

─¡Ay, querida, menuda desgracia! Ande, ayúdeme.

─¿¡Que le ayude!? ¿¡Cómo que le ayude…!? ¡¿Que le ayude a qué?!

─No querrá que lo dejemos así. ¡Ande, ayúdeme! O si no, mejor váyase a dar aviso a la autoridad, que yo me encargo ─dijo algo reticente por la extraña reacción de su amiga.

Consuelo desapareció como si tuviera un muelle dentro de los zapatos, con la misma rapidez que había desaparecido la mosca de la frente del finado. Algunos perros ladraron a lo lejos con más insistencia. No hay distancias para ellos. Parecían percibir que algo extraño estaba ocurriendo. «Tendré que darme prisa», se dijo dando por terminada la limpieza. Comenzó entonces a vestirlo, mirándolo y suspirando con una intensidad creciente. Hacía mucho tiempo que los suspiros se le habían vuelto compulsivos, desde aquella famosa novela radiofónica de Ama Rosa de la Cadena SER. Otro suspiro y comenzó a descolgarlo. «¡Jesús, que desgracia!»

Era demasiado pesado para ella y quizás no fuera tan mala idea cortar la cuerda sin más, aunque se rompiera todos los huesos. Arrastró una de las mesas de matanza arrinconada y la dejó en la vertical del cuerpo para que la caída no fuera tan estrepitosa. Cortó la cuerda de un solo tajo y el cuerpo cayó como un peso muerto. Había perdido ya su “rigor mortis” y quedó despatarrado. Se miró las manos, miró al cuchillo, miró a su Pedro y meditó un momento. Fue la primera vez que tuvo conciencia real de la situación y no le gustaba la estampa. El cuerpo de su Pedro sobre una mesa de matanza, una mesa que rezumaba el dolor de tantos cuerpos acumulado en cada una de sus vetas, y ella delante de aquel cuerpo lleno de muerte, con un enorme cuchillo entre las manos. «¡Jesús, que desgracia!»

La misma mosca cojonera volvió a la frente del cadáver y se frotó las patas delanteras con aire chulesco, como inquiriendo respuestas. Llegaron otras. Dos, tres, cinco… Revolotearon a su alrededor, provocadoras, curiosas, atrevidas y, finalmente, desaparecieron también de repente. Un espasmo pareció sacudir el cuerpo del posado y Simona tuvo que emplearse a fondo para evitar que se cayera de la mesa.

«¡Es curioso cómo se rebelan los cuerpos cuando sienten la presencia de la muerte, cuando empieza la Pelona a jugar con sus vísceras!»

«Me pareció que la Consuelo quería llevarse algunas patateras. ES lo primero a consumir».

«¿Habrá dado ya el aviso?»

Se asomó al portalón para ver cómo pasaba el viento por encima. Algunos perros comenzaron a ladrar con más empeño desde la distancia. Ya no cantaban los mirlos ni los colorines. Tampoco se escuchaban los cencerros ni el rumiar cansino de las vacas. Solo los perros advirtieron la realidad en toda su crudeza. Solo ellos se habían dado cuenta desde lejos, de que faltaba la guadaña junto a las horcas, las hoces, los rastrillos y las azuelas.

20260304

"Romances a la Carta 26.0"

      

Esto fue el pasado día 18 de noviembre. Hace tiempo, sí, pero la vida corre demasiado para mí. Estuvo inmensa, magistral, Consolación Chamorro en la BPM Francisco Umbral de Majadahonda. Un privilegio contar con su compañía. Gracias, Conso, que te broa el arte por cada poro de tu piel.

Tuvimos un espacio también para compartir y escuchar poemas del público. Hay muchas emociones que merecen, necesitan y deben zarandear otros cuerpos.

20251206

"Romances a la carta 25.0"

Churrigueresco y precioso, sí señor. En un espacio único: La escalera monumental de la Escolapias en Alcalá de Henares, el pasado día 8 de noviembre.

20251107

"Abrazos para José"

Cuántos momentos se lleva inevitablemente el olvido, querido José. El pasado día 2 estuvimos allí, contigo, para compartir abrazos y versos, pues no existe mejor herramienta para cauterizar el dolor. Quise entonces hacer propio y dedicarte aquel canto enorme de Miguel Hernández a Ramón Sijé, y quiero ahora hacerte también un hueco en este pequeño rincón de mi memoria. Hasta siempre, José.

20251026

"Poesía escénica en Majadahonda"

El próximo miércoles día 29 de octubre, aprenderemos juntos ejercitando la voz y el cuerpo. Os espero en la Biblioteca de Majadahonda a las 19 horas (entrada libre).
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Estuvo bien.
Y estas son algunas instantáneas: