La muerte colgaba de una viga
del techo en el granero. Simona se quedó petrificada. Todo el aire de alrededor
penetró de golpe en sus ojos y su boca. Dibujó en su pecho una enorme cruz con
la punta de los dedos y agachó la cabeza, vencida, estupefacta.
«¡Ay, mi Pedro!, verlo allí,
junto a la chacina, a “teja vana”, con los ojos tan redondos y abiertos, daba
un yo qué sé. Siempre ha sido muy lanzado, pero meterse voluntariamente a
bocajarro en la eternidad, de repente, es para echarlo de comer aparte. ¡Qué valor!
Nunca se achantaba con nada. Le daba igual enfrentarse a los lobos con su
garrota, que perderse en lo más intrincado del bosque con noche cerrada a
recuperar los corderos atrapados en los tojos. ¡Ay, Jesús! Si ha sido por
propia voluntad, no podré perdonárselo nunca. Es para matarlo. ¡Quedarse así,
como un lechuzo mirando al norte, marcando el ritmo de la eternidad con el
péndulo de su propio cuerpo! ¡Hacerme esto a mí, después de tantos años y
tantas calamidades compartidas!»
Simona se volvió, dándole la
espalda, y todo el aire que había mantenido en sus pulmones, libre al fin,
salió precipitadamente de su boca buscando el portalón del granero hacia el
campo abierto. Se giró entonces para mirarlo de nuevo y volvió a dibujar una
cruz resignada sobre su pecho.
«Tuvo al menos el detalle de
esperar a terminar la matanza. Las manos de un hombre siempre vienen bien por estas
fechas. Quince arrobas de cerdo no se manejan con facilidad, que se resisten
como condenados y él los manejaba como nadie. Cuando parece que ya no les queda
vida en el cuerpo, siguen con sus espasmos y convulsiones los muy gorrinos, con
su rebeldía recalcitrante de no querer morirse ni a tiros. Y cuando les arrimas
las escobas ardiendo para el socarrado, sienten las llamas definitivas del
infierno y no es fácil sujetarlos en la mesa, pero mi Pedro se bastaba solo. Yo
prefiero no arrimarme, dejarlo hacer junto a los otros hombres, verlo desde la
distancia. Mi sitio estaba con el resto de las mujeres, junto a los barreños y
los grifos para seguir luego con el lavado y embutido, con la Tomasa y la
Consuelo manejando a su ritmo también los cuchillos de sus lenguas.
»Digo que, al menos, tuvo la
deferencia de esperar a terminar la matanza, pero daba cosa verlo allí, junto a
los chofes y bútagos, con la muerte buscando acomodo en sus entrañas. Debió
saberle a poco al muy cetrino y decidió seguir la matanza por su cuenta.
¡Jesús, cómo están las cabezas! La muerte tiene cierto magnetismo irresistible
y es lo más contagioso que existe, lo reconozco, pero nunca pude imaginar que
mi Pedro llegara tan lejos, que quisiera rebozarse en ella.
»Nunca tuvo término medio, no
sabía contenerse cuando tomaba carrerilla. No lo hizo nunca. Ni en la mesa, ni
en la cama, ni chateando, ni jugando a las cartas. En el pueblo ya lo conocían
y era corriente que perdiera al tute subastado y al mus porque le
tenían cogida la medida. “Tienes que cerrar la boca cuando sopla el aire,
cebollino», le reprochó cierto día el Eusebio por no saber aguantar un envite a
los pares. Mi Pedro se levantó como un resorte, lo encaró muy despacio, muy de
cerca, y esgrimiendo su inseparable garrota lo miró fijamente a los ojos.
Eusebio, farruco también como pocos, sacó la chaira que siempre llevaba en el
fajín, la que utilizaba para cortar el chorizo y limpiarse la mugre de las
uñas, lo esperó muy plantado, levantó su barbilla y aquello fue el detonante
para que la guerra comenzara. Un golpe seco, un mandoble, un síncope en todos
los relojes y no hubo tiempo para más. Los dos acabaron en el consultorio. Una
cicatriz de veinte centímetros junto al corazón y una cojera vitalicia dieron
mucho que hablar durante varios años. Y aún se sigue hablando de aquello, que
las cosas se graban a fuego en un pueblo tan pequeño como este. Y no fueron las
cartas. Lo cierto es que aquella rivalidad venía de lejos por una vieja disputa
de lindes y de pastos. Todo el pueblo lo sabía y a nadie pilló por sorpresa. ¡Menudo
zascandil! ¿Qué mal fario se le cruzaría?».
Simona silenció por fin sus
pensamientos. Se plantó delante de él, a sus pies, mirándolo fijamente.
«¡Pero qué mirarán tan fijos
los ojos de los muertos!».
Se acercó después hacia la
puerta y abrió las dos hojas de par en par. Debía renovar el aire, aprovechar
el tiempo frío y seco de mediados de noviembre, dejar que saliese el humo que
todavía quedaba en la estancia para que la chacina no cogiese demasiado sabor.
El viento le acarició la cara. Sus ojos se llenaron de nubes y de un fulgor
pálido. Temblaron las hojas de los álamos, los mirlos cantaron a lo lejos y no
tardarían en hacerlo los colorines y jilgueros. Se le ofreció un paisaje
dinámico, colorido, lleno de vida y de futuro. Muy distinto al bodegón de
naturaleza muerta que tenía dibujado a sus espaldas. Las ranas cantaron también
a lo lejos; y los grillos; y el dolondón de los cencerros; y el rumiar
indolente y cansino de las vacas; y el cacareo de las gallinas; y algunos
perros desde los chozos lejanos. Una orquesta que tendría que abandonar definitivamente
para irse a la ciudad. Dicen que el tiempo lo cura todo y Simona sintió cómo
circulaba por la estancia macerando lentamente la chacina. A Pedro le importaba
un bledo que abriese la ventana o que no, porque las cosas tienen otra
perspectiva cuando las miras desde una viga del techo. Simona lo sabía y por
eso abrió de par en par el granero. A partir de aquel momento debería ser ella
quien se ocupara de todo, decidirlo todo.
«¡Jesús, qué matanza! Barriguillas,
barbadas, caretas, patateras, chorizos, longanizas… Todo se aprovecha de los
marranos», se dijo sin dejar de mirar de reojo a sus espaldas. Sin embargo,
poco provecho podría sacarse ya de aquel intruso en su propia casa, porque eso
era ya su Pedro para ella: un intruso. Un intruso de ojos grandes y redondos
colgado como un pánfilo del techo. Hubo un tiempo en que también él tenía unos
andares suficientes para encandilar a las mozas del pueblo. Mozas y no tan
mozas, como Consuelo. Su presencia, sus arrestos, su porte de gallo en
gallinero, sus piernas un poco zambas presumiendo de virilidad con cada zancada…
Simona se volvió para mirarlo
de frente. Visto a contrapicado parecía mucho más grande de lo que era en
realidad. Debería bajarlo de allí, pero cortar la cuerda quizás no fuera la
mejor idea, no se le fueran a quebrar
los huesos con el golpe. Tampoco podía dejarlo allí como a un enajenado, con su
camisa raída, pantalones abrochados con una guita y las botas rebozadas en
boñiga. Tendría que cambiarlo, adecentarlo, muy despacio, sin prisa. ¿Qué prisa
se puede tener cuando tienes a la muerte mirándote? Lo más cómodo sería hacerlo
antes de bajarlo. Eso pensó y empezó a desnudarlo con toda la parsimonia del
mundo, con el respeto propio que se debe tener con un cuerpo que se está
llenando de eternidad y de gusanos. La cicatriz del Eusebio brillaba junto al
corazón con la palidez del acero.
«Zascandil, hacerme esto a mí,
sin avisar…».
Cuando hubo terminado hizo un
rebujo con la ropa y se fue hacia el dormitorio. Debería escoger la mejor
camisa, los mejores pantalones, los zapatos nuevos. No se puede escatimar en
una situación así. Debería también rasurarlo, peinarlo, adecentarlo, que viera
todo el mundo lo buen mozo que podía ser con un poco de cuidado. Regresó a la
establo con su jofaina, cuchilla, jabón y toalla. Allí estaba, mirando al
norte, mirando al zarzo, con sus ojos indolentes clavados en una realidad hiperrealista
que nada tenía que aportar a su porvenir. Una mosca se le posó en la frente.
«Las mosquiteras están para
cambiarlas».
La mosca frotó sus patas
delanteras como el que se dispone a comer un suculento manjar, se detuvo,
volvió a frotarlas, movió sus ocelos y desapareció de repente. Son tenaces,
socarronas, contumaces, cada vez más presentes en cualquier época del año. No
tardaría en volver con refuerzos. Simona miró la desnudez de su Pedro y se le
escaparon tres suspiros. «¡Qué desperdicio, por Dios!» Arrimó luego un taburete
y subió hasta lo alto. Cuando lo hubo rasurado comenzó a limpiar su cuerpo con
una esponja frotando intensamente todos sus rincones, sintiendo con lascivia la
rigidez de la muerte. Frotaba y suspiraba con la misma cadencia, cuando le dio
en pensar que quizás aquel trabajo lo hiciera mejor con el cuerpo descolgado. Sería
más difícil vestirlo luego, pero ya se apañaría. Cogió un inmenso cuchillo de
matarife y se dispuso a cortar de un solo tajo la cuerda. En estas
maquinaciones andaba, subida en el taburete, cuchillo en ristre, cuando sintió
pasos en el exterior.
─¡Simona!, ¡Simona! ¿Anda usted por ahí? Al
final no me llevé ninguna patatera, ¿podría darme…?
Consuelo, con la suficiente
confianza como para deambular por toda la casa, se detuvo de repente, boquiabierta.
Miró a Pedro, a la chacina, a Simona encaramada en el taburete con el cuchillo
entre las manos, y otra vez una cruz
volvió dibujarse sobre el pecho, esta vez de Consuelo. Abundan mucho las
cruces todavía por los pueblos y pueden ser, además, imprescindibles e
inevitables en una situación como
aquella: Un cuerpo desnudo colgado de una viga junto a la matanza, unos ojos
muy abiertos, una esposa junto a él, encaramada en una banqueta, cuchillo en
mano.
─¡¡¡Simona!!!, ¿¡Qué hace usted con el
Pedro!?
─¡Ay, querida, menuda desgracia! Ande,
ayúdeme.
─¿¡Que le ayude!? ¿¡Cómo que le ayude…!?
¡¿Que le ayude a qué?!
─No querrá que lo dejemos así. ¡Ande,
ayúdeme! O si no, mejor váyase a dar aviso a la autoridad, que yo me encargo
─dijo algo reticente por la extraña reacción de su amiga.
Consuelo desapareció como si
tuviera un muelle dentro de los zapatos, con la misma rapidez que había
desaparecido la mosca de la frente del finado. Algunos perros ladraron a lo
lejos con más insistencia. No hay distancias para ellos. Parecían percibir que
algo extraño estaba ocurriendo. «Tendré que darme prisa», se dijo dando por
terminada la limpieza. Comenzó entonces a vestirlo, mirándolo y suspirando con
una intensidad creciente. Hacía mucho tiempo que los suspiros se le habían vuelto
compulsivos, desde aquella famosa novela radiofónica de Ama Rosa de la Cadena
SER. Otro suspiro y comenzó a descolgarlo. «¡Jesús, que desgracia!»
Era demasiado pesado para ella
y quizás no fuera tan mala idea cortar la cuerda sin más, aunque se rompiera
todos los huesos. Arrastró una de las mesas de matanza arrinconada y la dejó en
la vertical del cuerpo para que la caída no fuera tan estrepitosa. Cortó la
cuerda de un solo tajo y el cuerpo cayó como un peso muerto. Había perdido ya
su “rigor mortis” y quedó despatarrado. Se miró las manos, miró al cuchillo,
miró a su Pedro y meditó un momento. Fue la primera vez que tuvo conciencia real
de la situación y no le gustaba la estampa. El cuerpo de su Pedro sobre una
mesa de matanza, una mesa que rezumaba el dolor de tantos cuerpos acumulado en
cada una de sus vetas, y ella delante de aquel cuerpo lleno de muerte, con un
enorme cuchillo entre las manos. «¡Jesús, que desgracia!»
La misma mosca cojonera volvió
a la frente del cadáver y se frotó las patas delanteras con aire chulesco, como
inquiriendo respuestas. Llegaron otras. Dos, tres, cinco… Revolotearon a su
alrededor, provocadoras, curiosas, atrevidas y, finalmente, desaparecieron
también de repente. Un espasmo
pareció sacudir el cuerpo del posado y Simona tuvo que emplearse a fondo para
evitar que se cayera de la mesa.
«¡Es curioso cómo se rebelan
los cuerpos cuando sienten la presencia de la muerte, cuando empieza la Pelona
a jugar con sus vísceras!»
«Me pareció que la Consuelo
quería llevarse algunas patateras. ES lo primero a consumir».
«¿Habrá dado ya el aviso?»
Se asomó al portalón para ver cómo pasaba el viento por encima. Algunos perros comenzaron a ladrar con más empeño desde la distancia. Ya no cantaban los mirlos ni los colorines. Tampoco se escuchaban los cencerros ni el rumiar cansino de las vacas. Solo los perros advirtieron la realidad en toda su crudeza. Solo ellos se habían dado cuenta desde lejos, de que faltaba la guadaña junto a las horcas, las hoces, los rastrillos y las azuelas.








