miércoles, 21 de septiembre de 2016

"Hijos del mar"


Sacha recupera el anzuelo de un solo envite desgarrando el cielo de su boca. Mira entonces sus ojos redondos y fríos… y calla. El mar responde con un quejido sordo que estremece la quilla del minúsculo bote. La muerte coletea en la cubierta y Dios se hace un poco más presente. Sacha levanta la cabeza. Algunas luciérnagas salpican la franja de tierra perdida en el horizonte mientras el sol extiende sobre el agua su atardecer de sangre. Aquellos ojos de plata, fríos, burlones y vengativos, sacuden la quilla de su memoria y le devuelven el recuerdo de su hijo Fakid, que un día se lo tragaran las olas. También entonces el aire se desgarró con un quejido sordo y eterno. Sacha duda, tiembla. Devuelve entonces al agua todas sus culpas y aparejos y rema apresuradamente hacia la costa. Las luces se han multiplicado. Encalla el bote, salta a la arena, y se sienta para llorar durante cuarenta días y cuarenta noches. Espera. El mar no sería capaz de contener tantas lágrimas, saltaría el malecón y le devolvería, en su crecida, el cuerpo de su hijo. Pero Sacha no sabe que su hijo es tan solo una gota insignificante perdida en el océano. Ignora que el mar no es más que un alcabalero insaciable, acostumbrado a demasiados cayucos, batallas, cadáveres y lágrimas. Desconoce que el mar es un monstruo que no conoce el perdón ni acepta jamás intercambios.

Este relato ha obtenido el 9º puesto en el I Certamen que convoca la Asociación Cultural Hijos del Santo Reino (Jaén).


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